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Hay una relación directa entre lo que un niño siente y cómo se comporta.

Si el niño se siente bien, se comporta bien. Más aún, aunque se sienta mal, si aceptamos esos sentimientos, le ayudaremos a tener comportamientos posteriores adecuados. ¿Cómo podemos ayudarle a sentirse bien? El primer paso tal vez sea tal vez el más difícil. Ya lo hemos dicho: aceptando esos sentimientos. Y digo difícil porque implica desarrollar una habilidad que no todos tenemos entrenada: la escucha activa. Este tipo de escucha en su grado más elevado la podríamos llamar escucha emocional.

Imagina a tu hijo o hija diciendo alguna de sus “perlas” emocionales:

“Mamá, estoy cansado”.

“No me gusta el nuevo bebé”.

“El cole es aburrido”.

¿Cuál suele ser nuestra primera reacción ante estas expresiones? Exacto. LA NEGACIÓN.  Muchos padres se pasan el día negando los sentimientos de los niños, como si con eso consiguieran convencerles de algo.

Ejemplos de NEGACIÓN:

“Sólo lo dices porque está cansado/ enfadado/ disgustado….”

“No es verdad que estés cansado. Si has dormido mucho…”

“No llores”. “No es para ponerse así”.

“Es terrible decir una cosa así”.

Además de LA NEGACIÓN hay otras maneras de ayudar a negar los sentimientos de los niños:

La actitud del filósofo: “La vida es así”. “Las cosas no son siempre como uno quiere”…..

Aconsejar: “¿Te digo lo que tendrías que hacer? Dejarte de tantas zarandajas e irte a la cama cuando se te dice…….”

Preguntas acusatorias: “¿Por qué no has hecho lo que te dije…..?”

Defender a la otra parte: “Algo le habrás hecho tú para que se enfade así…”

Compadecer victimizando : “Por Dios, es horrible, pobrecillo,…..”

Psicólogo aficionado: “Estoy harto de que estés siempre tratando de llamar la atención……”

En vez de escuchar a nuestros hijos con este tipo de actitudes, ¿qué podemos hacer para escucharles y ayudarles con sus sentimientos?

Según las autores Adele Faber y Elaine Mazlish podemos centrarnos en cuatro grandes herramientas:

  1. Escuchar con gran atención.
  2. Reconocer los sentimientos con palabras.
  3. Dar nombre a los sentimientos.
  4. Conceder al niño sus deseos en la fantasía.

ESCUCHAR CON ATENCIÓN

Para un niño, igual que para un adulto, es desalentador tratar de comunicarse con alguien que sólo nos está escuchando en apariencia. Es mucho más fácil abrirse ante alguien cuyo lenguaje corporal nos demuestra que está escuchando. Y ahí es donde tenemos que poner el foco. Desde nuestra postura hasta nuestra mirada, sonrisa y expresión facial.  A veces EL SILENCIO es una de las armas más poderosas de comunicación que existen. Y puede ser todo lo que necesite el niño para sentirse comprendido y comenzar a elaborar su propia solución.3567403897_a8d4cc87e6_o

RECONOCER LOS SENTIMIENTOS CON PALABRAS.

En vez de preguntar (interrogatorio) y aconsejar, puede ser más útil reconocer el problema con palabras. ¿Qué palabras? A veces bastan interjecciones del tipo “Ajá!”, “Vaya!”, “¿En serio?”, “Ya veo”. Estas expresiones son una invitación al niño para que explore sus ideas, además de ponerle en el camino de nuevo para que halle una solución. adele-faber

DAR NOMBRE A LOS SENTIMIENTOS

En vez de negar un sentimiento, mejor darle un nombre. Es curioso como en nuestro intento de negarlo, muchas veces lo acrecentamos. Parece ser que nuestro cerebro no entiende muy bien el “no”, la negación de algo. Cuando un niño escucha expresiones del tipo “no llores”, la orden instintiva que llega  a su cerebro es la de que tiene que llorar, porque el cerebro entiende sobre todo la palabra “llorar”, y no su negación. Los padres temen que al reconocer el sentimiento, éste se acreciente. Pero suele suceder justo lo contrario. Cuando tratamos de definir lo que está experimentando, el niño recibe consuelo. Alguien sabe cuál es su vivencia interior.images

CONCEDER AL NIÑO SUS DESEOS EN LA FANTASÍA

Cuando el niño quiere algo que no está disponible, respondemos casi siempre con explicaciones lógicas del por qué no puede ser. Cuanto más lo explicamos, más protesta. Que alguien entienda lo que deseamos hace la realidad más llevadera. Por lo tanto, ¿por qué no concederle los deseos en la imaginación? Véase el ejemplo:

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